El Atlántico que envuelve Gran Canaria se adapta como un guante a las necesidades del submarinista, y lo hace además de forma extraordinaria para esta latitud del globo. En invierno, arropándolo con una mayor temperatura que en los meses de marzo y abril, que es la época en la que más baja. El flujo cálido que llega de la Corriente del Golfo pone el termómetro en torno a los 20 grados de temperatura, a unos 25 a 30 metros de profundidad y en pleno invierno. Luego “bajará” a 18 grados en primavera, y volverá a subir a topes de hasta 26 grados en la época del estío.

Ni un calefactor gigante hubiera logrado tanta precisión. Todo esto provoca el lógico asombro de los submarinistas que se sumergen aquí, que experimentan tras horas de inmersión cómo con equipos ligeros de neopreno queda anulado cualquier atisbo de hipotermia.

Este ‘clima submarino’ no es sólo una golosina para el visitante, sino una suerte de mundo feliz para la fauna, un lugar donde sobrevive una abrumadora representación de especies. Morenas interminables, pedregales, barracudas, tortugas, alfonsitos, sargos, tamboriles espinosos o meros de hasta 30 kilos de peso son algunos de los tesoros vivos que guarda el mar de la isla.

Esta fiesta para los sentidos se completa con un buen número de arrecifes artificiales, colocados en lugares estratégicos por instituciones como la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y que actúan de detonante para una mayor explosión de vida.

Combinando sus numerosos pecios, casi todos con profundidades asequibles que no requieren descompresión, con fondos con cantos rodados que sirven de refugio a millones de alevines, todo da como resultado una Gran Canaria ensalitrada, objeto de deseo de multitud de submarinistas europeos, que ven aquí la posibilidad de llenar sus botellas en pleno invierno.

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